Primera novela de la escritora barcelonesa Sylvia Edo, Tras el cuadro holandés



El espectacular debut de Sylvia Edo en el género de la novela nos ha sorprendido y atrapado. Inspirada en un recuerdo personal, la autora ha recreado la envolvente atmósfera artística de un Londres contemporáneo en el que un galerista llamado Nicholas Elliot se ha quedado totalmente prendado de un cuadro expuesto. Más aún, se ha obsesionado con él, está totalmente arrebatado por las emociones que le provoca.

El cuadro se llama con un simbolismo muy acertado “Regreso a la infancia”, ese ideal, esa utopía, esa nostalgia tan común. Y Nicholas ve en esa pintura su trampilla de escape de una realidad en la que ni su vida familiar, ni su entorno laboral, ni su relación consigo mismo le satisfacen. Entonces decide hacer una locura para romper la indiferencia que le provoca el mundo y cambiarla por la emoción profunda que le transmite esa obra de arte. Robará el cuadro.

Pero, ¿es suficiente una dosis de aventura para ser feliz? ¿Es posible abandonarlo todo y no sentirse solo? A través de profundas descripciones e intrigas la autora nos transporta a través de estos momentos de éxtasis del protagonista. En toda búsqueda hay etapas y todas y cada una se reflejan en los caminos de los personajes. Todos ellos han de tomar decisiones importantes para no caer en la resignación de la monotonía y vivir, o mejor dicho, sentirse vivos.

Para ello probablemente hay que asumir que la felicidad es efímera, no se puede atrapar. Hay que reconocer lo que de verdad nos importa en la vida y disfrutar de ello. Solemos tener grandes sueños porque la imaginación del ser humano es ambiciosa, pero puede que no haga falta tanto para disfrutar esos momentos perfectos en los que no cambiarías nada, y nada ajeno a ese momento tiene importancia. Estamos frente a una novela de misterio que acabará desvelando el auténtico tesoro.

Nos hará reflexionar sobre las relaciones con las personas que amamos, cómo gestionar las decepciones y discernir entre lo casual y lo auténtico. Y por último, nos hará pensar en nosotros mismos. En los mecanismos más oscuros del ser humano para no enfrentarse a su presente. Hay mil y una formas de auto-engañarse. pero lo cierto es que casi todos sufrimos las mordeduras de la rutina. Todos en algún momento hemos necesitado hacer una locura porque ninguna otra cosa parecía servir para despertar.

Y resulta que después de cometer dicha locura y haber regresado sin remedio de nuevo al mundo real hemos comprendido que ahí no estaba el truco.  A menudo cometemos el error de pensar que la responsabilidad de nuestro estado reside en los otros cuando la realidad está mucho más cerca de nuestra propia nariz. Entonces nos enfrentamos de verdad a nuestros miedos y nos atrevemos a vivir.

 

Sylvia Edo Vicente, nacida y residente en Barcelona, estudió Derecho en la Universidad de Barcelona así como literatura y escritura en la Escuela del Ateneu Barcelonés. Ha viajado con mucha frecuencia a Londres donde ha pasado largas estancias en Brighton, Bath y Amsterdam, escenarios en los que transcurre la novela. Asidua a las exposiciones de arte, descubrió un cuadro perdido entre grandes obras que sirvió de inspiración para la trama de esta obra. En palabras de la autora:

“Hace mucho tiempo, allá por finales de los años ochenta, iba paseando por la Tate Gallery de Londres cuando, en una sala un tanto oscura del primer piso, observé una colección de cuadros del pintor Briton Rivière que en su conjunto no llamaron mucho mi atención. Eran cuadros de paisajes holandeses, algunos de ellos con escenas íntimas hogareñas que me eran familiares por haberlas visto anteriormente en repetidas ocasiones. Sin embargo, cuando me disponía a salir sin prestar demasiada atención, mi vista se fijó en un cuadro pequeño que, más que emocionarme, me hipnotizó hasta tal extremo que no sé cuánto tiempo empleé en contemplarlo. Se trataba de una auténtica filigrana donde aparecía un abuelo sentado en una butaca y su nieto, de cinco años, sentado en su regazo al lado de una chimenea mientras unos rayos de luz ocre que entraban por la ventana inundaban la estancia creando una atmósfera ciertamente mágica y acogedora. Al fondo, una biblioteca repleta de libros y de figuras de porcelana de Delf lo hacían más atrayente ante mis ojos. No recuerdo si fue por lo exóticos que me parecieron aquellos libros tan bien pintados junto con la exquisita perfección de las porcelanas o por el ambiente de penumbra difuminada que envolvía al abuelo complaciente y a su nieto, de mirada risueña y a la vez despierta. Sin noción del tiempo, me paré frente al cuadro, después subí a ver el segundo piso, luego el tercero, pero enseguida me dispuse a bajar las escaleras para volver a contemplar mi cuadro mientras pensaba que me había enamorado irremediablemente de él. En aquel entonces no se habían inventado los teléfonos móviles con cámara y, así mismo, nadie solía tomar fotografías a los cuadros en las exposiciones, como hacemos al estar permitido actualmente. Cuántas veces he pensado que tenía que haberme arriesgado y haber tomado una foto, aunque estaba demasiado ensimismada dentro de aquel cuadro que me hablaba sobre la vida de esos dos personajes. Lo cierto es que no tengo ninguna fotografía y que el cuadro pertenece a una colección privada, como me informaron años más tarde cuando lo quise localizar. Por ahora no existe rastro de este misterioso cuadro que ni siquiera ha dado señales de vida por Internet. Por tal motivo, al ser un cuadro de una escena íntima tan vivida por mí, voy tras él con la pasión de volverlo a ver y sentir de nuevo aquella emoción muy cercana al amor que me invadió la única vez que lo vi.”

 

 


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Publicado por el 13 jul, 2017 | Publicar un comentario



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